La gripe española

La gripe española fue
la pandemia más mortal de la historia


Una gripe estacional puede llegar a causar cada año en todo el mundo, de tres a cinco millones de enfermos, pudiendo llegar a ocasionar también entre 250.000 y 500.000 muertes, la mayoría en la población de riesgo. la gripe española

La gripe pandémica, en cambio, puede resultar mucho más devastadora: aparece en períodos más dilatados de varios años, no presenta una secuencia determinada y provoca una mortalidad elevadísima.

Entre 1889 y 1890 tuvo lugar una intensa pandemia gripal que se originó en Asia Central, llegó a Rusia y, desde San Petersburgo, se extendió por toda Europa. Recibió la denominación de «gripe rusa».

El siguiente episodio de gripe pandémica ocurrió al final de la Primera Guerra Mundial, entre 1918 y 1919. Fue bautizada como la «gripe española» y, debido a su extrema virulencia, ha sido considerada «la madre de todas las pandemias».

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Tras ella vinieron la pandemia de 1933-1935, la de 1946-1947 (o «gripe italiana»), la intensa pandemia de 1957-1958 (o «gripe asiática»), la de 1968-1970 (o «gripe de Hong Kong»), seguida de la leve pandemia de 1977-1978 (rebautizada como «gripe rusa») y la última de 2009, extremadamente leve, que se denominó «gripe A», «gripe H1N1» o «gripe porcina».

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La gripe española
 mató entre 1918 y 1920 a más de 50 millones de personas en todo el mundo, una cifra muy superior a la que provocó la propia Gran Guerra, que se estima en algo más de 10 millones.

Esta gripe pandémica de 1918 estaba relacionada con la terrible y cruel guerra de trincheras, con los gases utilizados en la guerra química y con las condiciones de vida de los millones de soldados de todo el mundo que participaron en la Primera Guerra Mundial, sobre todo en suelo francés.

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El origen de la gripe española

Hoy día se desconoce a ciencia cierta el origen geográfico de la pandemia.

Las dos teorías más valoradas son el foco producido en marzo de 1918 en la base militar de Camp Funston, Kansas, Estados Unidos, donde 48 soldados murieron por un brote de lo que en apariencia era una gripe común.

La otra teoría, surgida en 2014, es la que se refiere a la gripe «china», pues se sabe que en la provincia de Shanxi del país asiático, en 1917 irrumpió una enfermedad respiratoria que podría haber sido el primer episodio de la pandemia.

Registros no descubiertos anteriormente vinculaban la gripe española al transporte de trabajadores chinos, el Cuerpo de Trabajo Chino, a través de Canadá en 1917 y 1918 hacia las líneas de las trincheras británicas y francesas en el frente occidental de la Primera Guerra Mundial.

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Los trabajadores eran en su mayoría trabajadores agrícolas de partes remotas de la China rural. Pasaron seis días en contenedores de tren sellados mientras los transportaban por todo el país antes de continuar a Francia.

Allí, se les exigió cavar trincheras, descargar trenes, tender vías, construir carreteras y reparar tanques dañados. En total, más de 90,000 trabajadores fueron movilizados al Frente Occidental

Durante un recuento de 25,000 trabajadores chinos en 1918, unos 3,000 terminaron su viaje canadiense en cuarentena médica. En ese momento, debido a los estereotipos raciales, su enfermedad se atribuyó a la “pereza china” y los médicos canadienses no tomaron en serio los síntomas de los trabajadores. 

Cuando los trabajadores llegaron al norte de Francia a principios de 1918, muchos estaban enfermos y cientos murieron pronto.

Todo esto hace pensar que el foco podría haber sido China y que debido a esas circunstancias, muy probablemente, a partir de entonces el virus de la gripe española se extendió por todo el mundo.

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Durante la primavera de 1918 se produjo la primera
onda epidemiológica ocasionada por la gripe española

Fue precedida por una serie de episodios: primero, las infecciones respiratorias agudas que padecieron miles de soldados en la base militar británica de Étaples (al noroeste de Francia) entre 1916 y 1917; luego, los brotes de la llamada «neumonía de los annamitas», que afectó a tropas «indígenas» de la Indochina francesa entre 1916 y 1918; en febrero de 1918, la epidemia de gripe de Nueva York y, finalmente, a partir de marzo, la que afectó a miles de soldados y reclutas americanos en Camp Funston (Kansas) y otros campos militares.

Tras registrarse los primeros casos en Europa la gripe llegó a España. Un país neutral en la I Guerra Mundial que no censuró la publicación de los informes sobre la enfermedad y sus consecuencias a diferencia de los otros países centrados en el conflicto bélico.

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Ser el único país que se hizo eco del problema provocó que la epidemia se conociese como la gripe española. Y a pesar de no ser el epicentro, España fue uno de los más afectados con 8 millones de personas infectadas y 300.000 personas fallecidas.

Existen numerosas hipótesis referentes al origen, alcance y consecuencias de la gripe española. Entre otras y también uno de sus bulos más extendidos, su propio nombre. Puesto que el término “gripe española” no viene porque ésta se originara o tuviera su foco en España, sino por la libertad de prensa respecto a otros países

La censura en los países implicados en la Gran Guerra, como Alemania, Austria, Francia, Reino Unido y Estados Unidos, que evitaron el tema para no desmoralizar a sus tropas o mostrar debilidad ante los enemigos, añadido a la falta de recursos, evitaron investigar a fondo el foco letal del virus.

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Madrid en mayo de 1918

España aunque se mantuvo neutral en la Primera Guerra Mundial, fue lugar de paso y abastecimiento de Francia. La prensa española, que informaba sobre la guerra, posicionándose, según su ideología, por alguno de los contendientes, no se hizo eco de esta epidemia gripal leve; mucho menos la francesa.

Sin embargo, la situación cambió de repente. En mayo, apareció en Madrid un brote epidémico muy grave, de una expansión inusitada, que llevó a los periódicos a informar sobre el hecho, primero en las páginas interiores y luego en portada.

El 21 de mayo se publicó una primera referencia en El Liberal. Al día siguiente, El Sol incluía esta nota: «Parece que entre los soldados de la guarnición de Madrid se están dando muchos casos de enfermedad no diagnosticada todavía por los médicos.

En un regimiento de Artillería han caído enfermos del mismo mal 80 soldados. En otros regimientos llegan hasta los 50 casos. (…)

Indudablemente, no existe diferencia entre la dolencia observada en los cuarteles por nuestros informadores y la que aqueja desde hace días a todo Madrid. (…) Los síntomas bajo los que se presenta la enfermedad son jaqueca, escalofríos, flojedad, fiebre y dolores articulares, y el mal tiene unas veces manifestaciones torácicas y otras intestinales».

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Los periódicos comentaban que desde hacía varios días la ciudad se encontraba bajo los efectos de una epidemia que provocaba dolor de cabeza y de las articulaciones, escalofríos, flojedad general, fiebre, vómitos y diarreas, obligando al paciente a guardar cama durante tres o cuatro días.

Poco después los periódicos hablaban de miles de afectados ya que, aunque benigno, el mal atacaba con especial virulencia y se extendía con mucha rapidez.

Nadie estaba a salvo del contagio. La dolencia no distinguía ni rangos ni clases sociales atacando a todos: soldados, obreros, oficinistas, diputados e incluso al rey Alfonso XIII.

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En España nadie sabía que nombre poner
a la epidemia que asolaba el país

Como los médicos dudaban, los medios se refirieron a la epidemia como «la enfermedad de moda», «la fiebre de los tres días» o «el soldado de Nápoles», entre otras denominaciones, y difundieron la alarma social que estaba provocando, informando ampliamente del tema en los últimos días de mayo y en junio.

Aunque los periódicos no hablaron del creciente número de personas que empezaron a fallecer en Madrid, los registros indican que del 1 al 23 de mayo murieron, por término medio y por todas las causas, algo menos de 40 personas al día.

El día 24 la cifra ascendió a 53; el día 27, a 84; y solo el día 31 de mayo murieron en Madrid un total de 114 personas, alcanzándose el cenit. Luego disminuiría el número de muertos: el 6 de junio fallecieron 98; el día 10, 67; y el día 15, 45 personas. A partir de entonces, se normalizaron los fallecimientos.

Sin duda, Madrid se convirtió en el epicentro del primer brote importante de esta pandemia gripal en los meses de mayo y junio de 1918.

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The Spanish influenza

En el punto culminante de la epidemia, los medios internacionales empezaron a informar sobre la misma.

El 2 de junio, el corresponsal de The Times en Madrid se hizo eco de la epidemia y por primera vez empleaba el nombre de «gripe española»: «Everybody thinks of it as the Spanish influenza today…».

Para el verano, este término se había extendido a todos los medios de comunicación del mundo grippe espagnole», «Spanische Grippe», «febbre spagnola», etcétera.) y a las revistas médicas especializadas.

Las tres oleadas de la gripe española

La pandemia de la gripe española, se presentó en el mundo en tres oleadas diferenciadas: primavera-verano de 1918, otoño de 1918 e invierno de 1919.

La primera oleada se caracterizó por la elevada mortalidad en las ciudades, una baja mortalidad en otros lugares y una limitada difusión geográfica. Esta particularidad hizo que en ciudades densamente pobladas hasta un 50% de la población pudiera verse afectada por la enfermedad, mientras que en pueblos pequeños apenas afectó o ni siquiera llegó.

En junio llegó a Sudamérica, en julio al Pacífico sur y en agosto a la India y las costas africanas.

En el caso de España, este patrón de comportamiento se cumplió plenamente.

La primera oleada apareció en Madrid en mayo de 1918, y para el 1 de junio la cifra de afectados alcanzaba ya los 250.000.

Siguiendo las rutas de comunicación, la enfermedad se propagó rápidamente por ciudades cercanas como Cuenca, Toledo y Salamanca, y desde ahí al resto del país. De hecho, las zonas más afectadas fueron Cáceres, Badajoz, Córdoba, Jaén y la mitad sur de la Meseta Central.

La segunda oleada

Después de un breve respiro, una segunda oleada apareció a finales de agosto simultáneamente en lugares tan dispares como Francia, Estados Unidos o Sierra Leona.

Este segundo brote fue el más rápido de todos, ya que en uno o dos meses se extendió por todo el planeta, existiendo pocos lugares que se libraran. También fue el más letal, ya que se calcula que alrededor de un 70% de los muertos totales provocados por la pandemia (puede que más de 50 millones) murieron en esta segunda oleada, sobre todo entre octubre y noviembre de 1918.

En nuestro país, la segunda ola llegó a causa de los cientos de miles de españoles que regresaban a sus hogares después de haber ido a trabajar a la vendimia francesa.

De esta manera, al contrario que en la primera vez, la oleada fue catastrófica en las provincias más septentrionales y en algunas regiones andaluzas como Huelva, Almería y Granada, mientras que ciudades como Madrid, Sevilla, Málaga o Córdoba fueron relativamente poco castigadas.

En el mes de octubre de 2018 la avalancha de muertos era tal que muchos cuerpos permanecían apilados en la ciudad durante más de una semana hasta que se pudieran ser enterrados.

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La tercera oleada

Finalmente, una tercera oleada, también virulenta pero más difuminada en tiempo y espacio, afectó al mundo entre enero y junio de 1919. En Andalucía, esta vez fue de nuevo Málaga la provincia más afectada. De un modo u otro, a lo largo de las tres olas se cree que hasta un 55% de la población mundial pudo estar en contacto con la gripe española.

En España el control de la enfermedad fue un desastre: ocho millones de infectados y 300.000 muertes sobre la población de entonces. Las autoridades tardaron más de cinco meses en declarar la pandemia y los servicios de salud se vieron desbordados. Se canceló el curso escolar y el universitario, pero no las actividades culturales de cines, teatros, espectáculos taurinos y el culto eclesiástico.

Ahora sabemos que esta letal pandemia fue causada por un brote de influenza virus A, del subtipo H1N1. A diferencia de otros virus que afectan básicamente a niños y ancianos, muchas de sus víctimas fueron jóvenes y adultos saludables entre 20 y 40 años, una franja de edad que probablemente no estuvo expuesta al virus durante su niñez y no contaba con inmunidad natural.

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A finales de julio y en agosto se produjeron
gran número de casos en Málaga y provincia

En Málaga y su provincia, el virus atacó especialmente al proletariado y a los más desfavorecidos. La epidemia se reconoció en Málaga en la primera semana de junio. Luego volvió a haber un segundo brote en octubre, que se mantuvo hasta la primavera de 1919. El primero fue más grave y hubo 3.000 personas afectadas.

La mala alimentación y la falta de higiene propiciaron que la infección originara más estragos. La atención de los enfermos se centralizó en el Hospital Civil de Málaga. Los médicos se esforzaron por frenar el contagio, pero no pudieron evitar que la epidemia acabase con la vida de 1.500 malagueños.

Las autoridades del momento tardaron en reaccionar ante el segundo brote. Sólo ante el aumento de infectados se habilitó un presupuesto para hacer frente a la gripe, se imprimió un folleto con información para prevenir los contagios, se creó una policía sanitaria y hubo un catastro de afectados.

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Una pandemia cada medio siglo

Los científicos consideran que cada cincuenta años se produce una pandemia de gripe (que debe distinguirse de las epidemias estacionales).

En 1957 se produjo en Asia oriental un nuevo brote que se difundió por todo el globo y causó, hasta mediados de 1958, entre uno y dos millones de muertes. En 1968 un nuevo tipo de gripe se declaró en Hong Kong y produjo entre uno y cuatro millones de víctimas.

Estos y otros episodios muestran que, un siglo después de la madre de todas las pandemias, el riesgo siempre ha estado rondando nuestro mundo, tan superpoblado e interconectado.

No olvidemos que siempre hay dos bombas de relojería que siguen activadas en el mundo de la virología.

Una es la capacidad de los virus de mutar de manera eficacísima (sabemos que tarde o temprano uno de ellos puede encontrar una modalidad genética contra la que no estemos preparados), otra es la capacidad del ser humano para relajarse.

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Sin una amenaza real
, nuestras barreras de defensa se vuelven perezosas (se reduce la producción de vacunas, se relajan las medidas de seguridad, perdemos hábitos de higiene…).

Tras la última epidemia de gripe A en Europa la mayor parte de los centros de trabajo y edificios públicos españoles recibieron miles de dispositivos de suministro de desinfectante líquido. Muchos de nosotros, los usamos durante meses de manera preventiva, después, dejamos de hacerlo y desaparecieron de nuestro entorno.

El ser humano tiende a olvidar las buenas costumbres protectoras, pero los virus trabajan sin descanso.

El hecho es que la historia se repite y ya lo sabíamos, ahora en 2020, un nuevo virus ha irrumpido amenazante en nuestro planeta, retando al sistema sanitario mundial y forzando una nueva pandemia.

Esperemos que sepamos atajarlo con mejor eficiencia que en ocasiones anteriores y que el coronavirus no deambule entre nosotros durante demasiado tiempo.


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